Esto último se suele representar en un mapa mediante las llamadas "isoglosas", que son líneas imaginarias que unen todos los puntos en que se da un mismo fenómeno, englobando éste dentro de un área delimitada por aquéllas; pero también sirven para separar los rasgos diferenciales de las hablas en contacto.
Sin embargo las isoglosas no pueden ser tomadas como verdaderas fronteras lingüísticas, porque no existen como tales; se trata sólo de aproximaciones sobre el terreno, ya que los hablantes no las reconocen y se mueven libremente, actuando de transmisores y receptores a la vez, por lo que siempre encontraremos rasgos diferenciales opuestos a uno y otro lado de dichas líneas, en lo que se considera una "zona de transición", y para ello siempre se ha de recurrir tanto al lenguaje hablado como a la toponimia, ya que esta última conserva mejor la información por haber sufrido menos “desgaste”.
De ahí la reflexión de Coloma Lleal, quien advierte que “intentar trazar una frontera para una lengua, sin la realización previa de un minucioso trabajo de campo, es tarea quimérica y absurda. Podemos, pues, intentar esquematizar los rasgos más destacados de una zona, siempre que tengamos presente la existencia de un área de transición, más o menos amplia, entre dos zonas, definida como un haz de isoglosas, de fronteras diversas que no coinciden para el conjunto de los datos”.
Teniendo en cuenta lo dicho y advirtiendo que quien esto escribe no es filólogo, y que las conclusiones que voy a exponer son el fruto de una recogida no exhaustiva de materiales, aunque sí más de la que he visto en alguna de las obras consultadas, bueno sería que en algún momento se realizasen estudios sobre la incidencia real del romance cántabro más allá de las fronteras establecidas desde hace décadas, así como las influencias recibidas por el mismo, pero por filólogos doctos en la materia y desprovistos de cualquier intencionalidad que no sea la puramente investigadora y divulgativa. La invitación queda en pie.
Cántabros y ástures según N. Santos Yanguas.
En nuestra opinión, al analizar los datos presentados en las entradas anteriores observamos lo siguiente:
a) La h-aspirada parece ser un fonema autóctono cántabro, y no vasco como se ha sostenido hasta el presente desde algunas instancias, cuya aparición sería coincidente con el nacimiento de las lenguas romances descendientes del latín, en la P. Ibérica.
Dicho fonema se extiende sobre todo en la toponimia hasta el centro de Asturias, en tierras que en época prerromana estuvieron ocupadas por los luggones, y sobrepasando por el O. ampliamente el curso del río Sella, tomado como frontera lingüística "oficial" entre cántabros y ástures.
Podríamos admitir que algunos de los concejos asturianos situados a occidente del citado río en la zona más próxima a éste, fueran considerados una "zona de transición" entre la f- predominante al O. y la h- aspirada cántabra al E. Pero sus huellas aparecen diseminadas por la mayor parte del territorio luggón, de N. a S. con su punto más alejado hacia el O. en el concejo de Salas según nuestros datos. Ello nos permite plantear tres hipótesis:
1a - El fonema prerromano propio de la lengua cántabra, que luego cristalizó en la h- aspirada romance, pudo haberse extendido hasta tierras de los luggones.
2a - Los luggones eran en realidad un pueblo cántabro considerados parte integrante de los ástures por error, lo que podría explicar el texto del fragmento de inscripción ASTVRV . ET / LUGGONV, aparecido en la zona oriental asturiana, donde ambos nombres étnicos aparecen mencionados al mismo nivel. La brevedad del propio texto no permite afirmar ni desmentir esta hipótesis ni la contaria.
3a - Los luggones eran un pueblo étnicamente diferente a los cántabros, pero linguísticamente afín, que hablarían lenguas indoeuropeas muy similares, y al igual que los segundos no pronunciarían la f- latina, aunque a partir de un momento indeterminado, f- y h- aspirada convivieron en la zona de transición coincidente con el territorio luggón hasta las inmediaciones del Sella e incluso sobrepasando éste hacia el oriente, donde también existe una zona de transición, pero muy estrecha, ya que la h- aspirada es abrumadoramente mayoritaria de N. a S. desde Ribadesella hasta el río Deva, y muchos de los casos de conservación de f- son debidos a la fase inicial del romance.
La primera y tercera hipótesis tienen más posibilidades de credibilidad que la segunda, mucho más improbable por la falta de datos que la apoyen de momento, pero no descartable del todo.
Lápida de los ástures y luggones.
b) Por lo que respecta al sufijo diminutivo –uco(u)/-a, los resultados son muy similares, aunque difieren en lo que a su extensión se refiere, ya que los testimonios más lejanos los hemos hallado en los concejos de Cudillero por la costa, el de Salas en el centro de la región asturiana, y el de Cangas del Narcea en las estribaciones montañosas e inmediaciones del territorio galaico prerromano.
Este hecho exige una explicación más allá de la similitud lingüística entre cántabros y luggones, ya que llega a territorio de los pésicos, en lo que podría ser un rasgo compartido por algunos pueblos prerromanos del N. peninsular ubicados entre la Cordillera Cantábrica y el mar Cantábrico, y que como veremos más adelante, aunque salva la frontera orográfica hacia el S. lo hace para extenderse por territorios exclusivamente cántabros.






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