miércoles 16 de junio de 2010

EL MITO DE LA IMAGEN: Una fotografía retocada.

Si nos situáramos frente a un espejo veríamos una imagen real nuestra no distorsionada. En cambio, si tomamos una fotografía y nos servimos de cualquier programa de retoque, podemos modificarla de numerosas maneras hasta lograr el resultado apetecido conforme a nuestro gusto.

Este símil quiere servir de introducción para tratar de componer una imagen más o menos real en lo que se refiere al aspecto físico de los cántabros y cántabras de hace dos milenios; pero no desde el punto de vista de su posible procedencia, su conformación como pueblo o mezcla de pueblos con el paso del tiempo y su consiguiente carga genética, cuya manifestación externa es el llamado fenotipo. Es decir, no pretendemos teorizar sobre si eran altos, bajos, rubios, morenos, etc… ni proponer ninguna hipótesis por el estilo, porque está muy lejos de nuestras pretensiones en este espacio.

Si revisamos el material publicitario que se oferta en tiendas, puestos ambulantes, festivales, etc ... o echamos una mirada en la red poniendo en el buscador la palabra "cántabro", nos encontraremos con diversas reconstrucciones, más o menos idealizadas, de esos guerreros altos, provistos de larga cabellera sujeta con una cinta alrededor de la cabeza y que deja ver parte de la cara, vestidos con ropas ligeras y el "sagum" a la espalda, muy a menudo fornidos, armados hasta los dientes, cara de estar enfadados con el mundo, o subidos en lo alto de una montaña con gesto desafiante y mirada de águila.





La pregunta es: ¿eran así todos o la gran mayoría?. Nuestra propuesta es un viaje virtual en el tiempo un día cualquiera, a un castro cualquiera y de cualquier populi cántabro, para efectuar un paseo entre sus cabañas y "ver" a sus gentes deambular o realizar sus actividades cotidianas; se trata de aplicar lo que sabemos sobre ellos con el fin de rellenar los huecos que la historia no nos ha transmitido.

Provistos de ese bagaje posiblemente descubriríamos una figura mucho menos estereotipada que las que circulan en nuestros días, y nos moveríamos entre hombres sanos y fuertes, pero también entre otros afectados por diversas lesiones, sobre todo a nivel de los miembros superiores e inferiores: luxaciones de codos u hombros; fracturas de huesos, algunas mal soldadas; falta de uno o varios dedos en las manos, y hasta la amputación completa de alguna de dichas extremidades; pérdida de algún ojo; cicatrices diversas por la cara y el resto del cuerpo; etc…

Todo ello, o la mayor parte, producto de una actividad guerrera casi constante o de los entrenamientos, en los que podían causarse heridas de distinta consideración, así como de sus actividades lúdicas, tal y como nos transmitió Estrabón (Geogr. III, 3, 7) al hablar de las costumbres de los pueblos del norte peninsular: " ... practican luchas gýmnicas, hoplíticas e hípicas, ejercitándose para el pugilato, la carrera, las escaramuzas y las batallas campales … danzan los hombres al son de flautas y trompetas, saltando en alto y cayendo en genuflexión ..."





¿Y las mujeres? Pensemos en ellas como las encargadas de llevar la casa, realizar las tareas agrícolas y asumir el peso de la familia, además de la maternidad inherente, que a buen seguro desarrollarían a edades que hoy nos parecerían muy tempranas.

La escasa expectativa de vida en aquellos tiempos, una alta tasa de mortandad infantil y las continuas mermas poblacionales causadas por las bajas en combate, obligaría a embarazos continuados en el género femenino, lo que unido a los trabajos antes mencionados, sin duda también repercutiría en su estado físico.

Producto de esas actividades podríamos encontrarnos con mujeres que padecerían de la columna vertebral en general y de las vértebras lumbares o cervicales en particular, a causa de los pesos que habrían de cargar, no sólo con los productos de la tierra sino con coloños de leña o los niños a sus espaldas, lo que en terrenos quebradizos sería causa de distintos traumatismos; o bien con lesiones importantes en sus manos causadas por la molienda de cereales o al cortar la carne, etc...

No es que estemos pintando un panorama desolador de las gentes cántabras de los ss. I a.C. - I d.C. fundamentalmente, pero sí algo más cercano a la realidad, no tan atractivo como el que se nos ofrece en páginas web, carteles o camisetas. Sin duda eran gentes dotadas de gran fortaleza, sobre todo para aguantar un clima y unas condiciones de vida que hoy nos parecerían insoportables; pero eso no les libraría de los padecimientos citados, que serían bastante habituales.

En el caso de los hombres, las lesiones, mientras no supusiesen impedimento para entrar en combate o llevar a cabo expediciones de las que hemos hablado en entradas anteriores, les haría útiles para seguir formando parte del contingente de guerreros aptos para dicha actividad; en caso de lesión grave, quizá recurriesen al envenenamiento mediante la ingesta de hojas de tejo para dejar de ser una carga en su familia y en su sociedad.

Por su parte, es posible que las mujeres fuesen un poco más afortunadas, ya que, con ciertas limitaciones, podrían seguir ayudando en aquellas tareas que les permitiesen sus lesiones o ejerciendo de niñeras mientras las más jóvenes o con menos problemas se desplazaban fuera del poblado para cultivar la tierra, acarrear agua, o proveerse de leña y productos de la recolección.

Es posible que la culpa de la representación que nos muestra el mercado publicitario, la tengan esos casi dos milenios que nos separan entre los habitantes del castro y el querer ver la historia a través del programa de retoque fotográfico, en vez de hacerlo de forma retrospectiva y desapasionada.




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Quizá baste con observar a las gentes de nuestros pueblos actuales, cuyo trabajo diario en las labores agrícolas o ganaderas van dejando una huella indeleble en sus cuerpos, para situarnos frente a ese espejo que nos muestre la imagen menos estereotipada y más aproximada que debieron poseer nuestros ancestros.

"Todos somos nuestros antepasados y nuestros herederos".

4 comentarios:

Paredes dijo...

Pienso al igual que tu J.J.Maroñas que para conocer el aspecto real de los antiguos cántabros lo mejor es acercarse al mundo rural actual donde las inclemencias del tiempo y los trabajos pesados dejan una profunda huella en los rostros de la gente del campo.
Quizás algún dia se haga una película seria sobre los cántabros y me gustaria que se tuvieran en cuenta éstas opiniones para alejarnos de los tópicos e intentar ser lo mas realistas posibles.

J. J. Maroñas dijo...

La única película que conozco es "Los cántabros" (1980) y su principal intérprete fue Paul Naschy, nombre artístico de Jacinto Molina.
Su valor como documental es escaso pero hay que tener en cuenta que se rodó en un momento en que las autonomías eran un fenómeno emergente (Cantabria accedió a ella en 1982) y que sirvió para que mucha gente tuviese un primer contacto con su propia historia de la forma más accesible y cómoda, a través del cine, mientras a nivel editorial se reeditaba la obra del mismo nombre, cuyo autor es Joaquín Glez. Echegaray. Es decir, película y libro marcaron un punto de inflexión en este tema.
El problema de las películas es que aún contando con un buen asesoramiento histórico y documental, acaban convirtiéndose en una especie de novela histórica, porque rellenan las lagunas de forma no muy ortodoxa.
En ese sentido, algunos documentales rodados en los últimos años han ofrecido una mejor visión histórica y se han hecho con mucho más rigor: La estela del tejo (2004).
Pero el gran obstáculo para hacer algo un poco más ambicioso es el de siempre: el dinero.

Neville dijo...

Yo vi la pélícula Jesús y la considero meritoria pues aunque su valor documental como bien dices es escaso no está exenta de cierta calidad.
Al menos a mi cuando la vi hace muchos años me gustó.
http://www.don-alfredo-mayo.com/pages/pages_70/pages_1979/los_cantabros/los-cantabros-es.htm

En cuanto al aspecto de los cántabros recuerdo haber leído a José Manuel González un estudio dentro del capítulo de las gentes prerromanas en Asturias que hablaba de una braquicefalia que se extendía desde Cantabria hasta Lugo sólamente interrumpida en la zona central de Asturias y áreas adyacentes donde por mezcla había mesocefalia y especulaba con una unidad racial braquicéfala en Cantabria-Asturias y este de Galicia interrumpida por una infiltración de gentes en los valles mas abiertos del centro de Asturias procedentes del Duero.
No se si se han publicado mas estudios sobre esta cuestión.
En cualquier caso es un tema muy interesante.

Un cordial saludo.

J. J. Maroñas dijo...

Los datos craneométricos a los que te refieres supongo que serán los que en su día publicó Juan Uría Riu, ya hace bastantes años.

En el caso de Cantabria, se publicaron varios estudios que en definitiva venían a poner de relieve o confirmar esa cierta unidad braquicéfala en el norte peninsular, y aunque su valor se ha relativizado hoy en día, quizá en el futuro exponga dichas conclusiones, por si pueden ser de interés a alguien.
Del mismo modo, también hay estudios genéticos que quizá puedan ayudarnos a conocer el origen o formación de algunos pueblos prerromanos peninsulares.
En esta ocasión lo que pretendía era una aproximación a la fisonomía de cualquier cántabro/-a de hace dos mil años más cercana a la realidad que la que se exhibe en el material publicitario que podemos ver con asiduidad.
Un saludo.